Convertirse es ser atraído
Convertirse es ser atraído. He querido titularlo así por dos motivos. En primer lugar, la espiritualidad ignaciana, tal como la encontramos en los Ejercicios Espirituales, rezuma lo que algunos han dado en llamar la «pasiva ignaciana». El ejercitante no pide «ir y ponerse», sino que pide «ser puesto», «ser recibido». El ejercitante es consciente de que es antes amor recibido que amor devuelto («para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir»). El ejercitante sabe que solo podrá hacer su ofrecimiento (oblación) con la ayuda de Dios («con vuestro favor y ayuda»). Y esa ofrenda siempre ha de estar bajo la cláusula expresada por el mismo Ignacio en el número 98 de los Ejercicios: «queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado» (Pasiva ignaciana).
El segundo motivo es la invitación, tan repetida a lo largo del pontificado de Francisco, a la conversión. Una conversión que, si es cristiana, nace de la atracción que Jesús y su Evangelio ejercen en nosotros. ¡Cuántas veces y de qué diferentes formas nos anima el papa Francisco a la conversión! Una conversión que busca recuperar la fuerza del primer anuncio y que puede resumirse en la vuelta a Jesús (Mística del seguimiento y la identificación).
Pablo Guerrero Rodríguez SJ.
Convertirse es ser atraído. Ed. Sal Terrae 2019 Col. Pastoral

