El que es justo es bueno. Y sólo uno es bueno, el Justo.
El que es justo es bueno. Y sólo uno es bueno, el Justo. Entonces ¿cómo encontrará el hombre ánimo para vivir en justicia, aquella a la que su ser, pobre y limitado, puede y debe tender mientras dura su paso por la tierra?
Tal vez comenzará ese camino por arrojar toda vara de medir lejos de su alcance. Tal vez comenzará por huir de la tentación de emitir juicio alguno, de arbitrar comparaciones, de creerse hábil cirujano de ojos ajenos. Sí, y muy seguramente pasará también por extraer de su retina la viga que sostiene su jactancia, la de sentirse juez y maestro de los otros.
Porque la sencillez de corazón es condición precisa para buscar al Justo. No se deja este hallar de los que ponen en duda su infinito amor. Pero acoge, estrechándolo contra sí, a quien se le acerca con corazón de niño. El razonamiento torpemente tortuoso levanta en cambio la barrera de su rechazo. Es propio de aquellos que, pretendiendo ser sabios, se vuelven necios cambiando la gloria de la Sabiduría por su propia insensatez, haciéndose incapaces de recibirla en sí mismos, porque la Sabiduría no habita en los esclavos de la vanagloria. Son los sin alma porque no pueden aceptar las cosas del Espíritu, que les parecen necedad, y no pueden entenderlas porque sólo se perciben a través del mismo Espíritu. Éste huye de la doblez de corazón.
¿No llegaremos a ser sencillos como palomas para alcanzar la verdadera prudencia? La sencillez, que es indispensable para que el Poderoso pueda hacer obras grandes en nosotros, y por nosotros. La que atrae sobre nuestra pequeñez reconocida su mirada de complacencia. Porque Él se complace en el pobre y da su gracia a los humildes.
No huyamos. Acojámonos a la Sabiduría que ama la justicia y el derecho, y llena la tierra con su misericordia.
Isabel Guerra Peñamaría, religiosa cisterciense
El libro de la paz interior, Ed. Styria 2005

